lunes, 23 de junio de 2025
La temida expansión del conflicto en Medio Oriente abandonó su carácter potencial para consumarse en las incursiones estadounidenses sobre territorio iraní, acto que abre nuevos e impredecibles escenarios cuyas consecuencias humanitarias, políticas y económicas se verán luego, pero ofrece ya como certeza el derramamiento de más sangre, más violencia, más dolor, más muertes, más destrucción, más seguridad. Poco y nada aprendió la humanidad, donde un genocidio es seguido por otro y generación tras generación enfrenta las mismas aberraciones, un camino de autodestrucción perpetua y de tal magnitud que torna inútil cualquier intento de justificación.
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Desde las dos grandes guerras del siglo pasado, no se han advertido avances en las relaciones internacionales. En este mundo que presume de sus capacidades tecnológicas, de la Inteligencia Artificial y las maravillas científicas, las respuestas a los problemas son siempre las mismas. Romper, destruir, matar, dañar. Se impone quien tenga más y mejores armas, y menos escrúpulos para utilizarlas. Hoy como ayer, nada ha cambiado, ni siquiera la excusa de encarar cada nuevo bombardeo en nombre de la paz. Las miles de personas masacradas, desplazadas, abandonadas, crece cada día, y reducen los argumentos de los choques bélicos al nivel de una anécdota intrascendente. No importa ya quién tiene razón, ni en nombre de quién se sigan matando y mutilando seres humanos.
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Se ha alcanzado tal nivel de irracionalidad que los mensajes pacifistas resultan ingenuos ante la mirada colectiva, aun cuando los recursos destinados a movilizar y utilizar portaaviones, naves de combate, proyectiles y armamentos, alcanzaría con creces para socorrer a quienes no tienen acceso al agua potable, a la medicina, a los alimentos. No importa, al parecer, como no importó ayer ni importará mañana. Los intereses de los amos del mundo prevalecen claramente sobre el humanismo, la solidaridad, sobre la razón misma. Esta especie que fue capaz de conquistar el espacio exterior, dominar océanos, climas, cielos y desiertos, no logra todavía hallar y definir vías de solución para sus problemas que no impliquen arrasar con poblaciones enteras de inocentes. Posiblemente, porque quienes deciden las guerras y quienes las celebran, están bien a resguardo de las bombas que lanzan. A estas horas sigue muriendo gente por la guerra entre Rusia y Ucrania, que quedó en segundo plano con el agravamiento de la pelea entre Israel e Irán, y las balas corren simultáneamente en otros rincones con menos repercusión, como la guerra civil en Sudán, la guerra en Yemen, Siria, Congo, Nigeria y Myanmar. Se sabe mucho de algunas guerras, poco y nada de otras. Solo está claro que todos pierden. Perdemos.
